No es ruido, es avance: 5 verdades incómodas (y esperanzadoras) sobre el nuevo feminismo
España se sitúa hoy como el cuarto país en el índice europeo de igualdad de género, un avance institucional titánico logrado en tiempo récord. Sin embargo, nos enfrentamos a una paradoja eléctrica: cuanto más avanzamos, más virulenta es la reacción. ¿Por qué el ruido de la ultraderecha es hoy más ensordecedor que nunca? La respuesta no es un fallo de nuestra estrategia, es el termómetro exacto de nuestro éxito. Este no es un resumen político; es una hoja de ruta para entender por qué la estructura de lo cotidiano está cambiando y por qué ese cambio es, por fin, irreversible.
1. La reacción es el mejor indicador de éxito
La historia nos enseña que el sistema solo grita cuando siente que está perdiendo el control. Durante la Revolución Francesa, cuando las mujeres exigieron que la "igualdad" las incluyera a ellas, la respuesta fue el cadalso. Hoy, el auge de los discursos reaccionarios no es un evento aislado, es la respuesta "clásica" ante un movimiento que ya no se conforma con pedir permiso, sino que transforma las instituciones desde dentro. No queremos ser dueñas de la propiedad, queremos hackear la idea misma de propiedad. Como bien planteó Mary:
"Considerar el poder de forma distinta es lo fundamental... El poder debe ser colaborativo y no una propiedad".
2. Violencia obstétrica: el sistema bajo nuestra piel
La medicalización del cuerpo femenino ha convertido los paritorios en espacios de una vulnerabilidad aterradora. Hablamos de una "complicidad entre doctor y padre" que trata a la mujer no como paciente, sino como ganado. El sistema sanitario arrastra un "plus de androcentrismo" que ignora nuestra autonomía en el momento más crítico de la vida.
Es hora de llamar a las cosas por su nombre:
- La maniobra de Kristeller: Médicos subidos a horcajadas sobre el abdomen de la madre, presionando con violencia, arriesgando órganos y vidas.
- El "punto del marido": Ese cosido excesivo tras una episiotomía, diseñado para el placer masculino futuro, ignorando el dolor crónico de la mujer. Es la prueba definitiva de que, para el sistema, el cuerpo femenino sigue siendo un envase para el disfrute ajeno.
Reconocer la violencia obstétrica es denunciar que las instituciones, que deberían protegernos, a menudo son las que más nos despojan de nuestra identidad, tratándonos como "mujeres huecas".
3. Del "Techo de Cristal" a los "Suelos Pegajosos"
El feminismo liberal se obsesionó con el "techo de cristal" —el éxito de unas pocas en las plantas altas—. Pero el feminismo que defendemos desde las bases de Podemos entiende que el problema real son los "suelos pegajosos".
Para la mayoría, la meta no es el consejo de administración, sino lograr despegarse de la precariedad de un sistema que nos ata al sótano laboral. La falta de corresponsabilidad no es un "asunto familiar"; es un imán institucional que nos mantiene en empleos peor pagados y jornadas parciales. La verdadera transformación ocurre cuando las instituciones asumen que la precariedad de las mujeres es la que sostiene la rentabilidad del país.
4. Los cuidados: el ejército invisible que sostiene el mundo
Hay una realidad matemática que el capitalismo intenta ocultar bajo el velo del "amor": si las mujeres paramos de cuidar, la economía se desintegra en 24 horas. Estos cuidados representan cerca del 80% de la riqueza per cápita de un país si se monetizaran.
Pensemos en el ejemplo de una familia normativa donde el padre es el "productor" y la madre se encarga de lo invisible. Si ella desaparece, ese sueldo "holgado" del padre colapsa al intentar externalizar la cocina, la limpieza, el acompañamiento escolar y la carga emocional. Lo que antes era "gratis" se vuelve impagable. El sistema productivo solo es viable porque existe un ejército invisible trabajando sin cobrar. Por eso, lo decimos con toda la rabia y claridad necesaria:
"Los cuidados no son altruismo, son trabajo".
5. El mito de Caperucita y el peligro real
El patriarcado nos ha vendido el cuento de Caperucita Roja: nos enseña a ver la calle como un bosque oscuro y lleno de lobos, obligándonos a vivir bajo el "mándame tu ubicación" y el miedo al espacio público. Pero los datos rompen el marco: el 90% de las violencias sexuales ocurren en el hogar y son cometidas por conocidos (padres, amigos, parejas).
El urbanismo feminista no solo pide más luces en las calles; exige desmantelar la narrativa que pone el foco en la víctima ("no vuelvas sola") en lugar de ponerlo en el victimario. El peligro no está fuera de casa; a menudo, el lobo nos dio la cesta antes de salir. Transformar las instituciones significa que la vivienda sea, por fin, un lugar de refugio y no el escenario principal de la agresión.
El Deep Dive: La mentira del binarismo
A menudo se trata la intersexualidad como una anomalía marginal, pero hay más personas intersexuales en el mundo que personas pelirrojas. La mutilación genital de bebés para forzarlos a encajar en un género al nacer es una de las violencias más silenciadas. Debemos entenderlo políticamente: el binarismo de género es una mentira tan grande como el bipartidismo. Ambos sistemas buscan simplificar la realidad para controlarnos mejor. Reconocer la diversidad es la única forma de que el feminismo sea realmente radical, es decir, que vaya a la raíz.
Conclusión: Un futuro habitable
El feminismo no es una guerra de sexos; es la demanda de un mundo habitable para todos. Es una reconstrucción de la salud, del tiempo, de la vivienda y de los afectos. Se trata de reconocer que el sistema actual solo se sostiene porque tú estás agotada.
Si el sistema se alimenta de tu cansancio invisible, ¿no es hora de exigir instituciones que, por fin, pongan la vida en el centro?
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