1. Introducción: El eco de la memoria en una copa de vino
Sentados frente a una copa de vino, en esa penumbra donde las confidencias pesan más que el tiempo, surge una verdad que supura: España padece una desmemoria crónica y, lo que es peor, una tendencia suicida a barnizar el pasado con una nostalgia dorada que nunca existió. La intrahistoria de un pueblo como Almonte —sus rencores heredados, el barro de sus calles y el silencio de los que no se quieren señalar— explica la política de este país con mucha más precisión que cualquier tertulia de capital. No se trata solo de recordar; se trata de entender que los derechos de hoy son la cicatriz de las humillaciones de ayer.
2. El espejismo del orden: entre pozos negros y cuernos de cabra
Hay quien hoy, desde la comodidad del asfalto y el aire acondicionado, suspira por la "seguridad" de la dictadura. Es una nostalgia de ignorantes o de desmemoriados. La realidad material de los pueblos era de una precariedad que hoy calificaríamos de tercermundista. En Almonte, calles principales que hoy son arterias comerciales estaban entonces sin alquitranar, sin alcantarillado, con las familias haciendo sus necesidades en un pozo negro en el corral. Ese supuesto "orden" convivía con un sistema de "enchufes" donde las viviendas de protección oficial no eran para los desamparados, sino para los hijos de los que ya tenían el riñón cubierto. El paisaje urbano no era el de una estampa idílica, sino el de una carnicería a cielo abierto.
"Ustedes se cagaban en el corral allí en un pozo negro... estaba toda la calle llena de cuernos de las cabras que mataba el momo, el otro y el otro, y las tiraban aquí en la calle y se llevaban aquí día y día... pellejos de los animales y todo lo tiraban ahí. Esos son los tiempos que tú añoras".
3. La dignidad en el bolsillo: cuando el "padrino" dejó de ser ley
Frente al discurso cínico de que "todos los políticos son iguales", la realidad de los últimos años muestra una transformación que muchos se niegan a ver por ceguera ideológica. La irrupción de Podemos en el tablero forzó cambios que la vieja política, siempre acomodada en el "pienso" del bipartidismo, jamás habría osado tocar. Hablamos de subir el salario mínimo de la miseria de los 600 € a 1.221 euros brutos al mes en 14 pagas €, o Si se prorratean las pagas extras (12 pagas), el SMI asciende a unos 1.424,50 euros brutos mensuales. De romper el insultante 0,25% de subida en las pensiones. No es solo dinero; es la eliminación del "padrino" necesario para entrar en una empresa. Es, también, un cambio de paradigma moral donde la violencia contra la mujer ha dejado de ser un "algo habrá hecho" para convertirse en una cuestión de Estado.
"No nos hemos dado cuenta de la transformación que ha hecho Podemos... antes mataban a una mujer y era como un desecho allí. Bueno, pues la han matado, algo habrá hecho. Eso ha cambiado. (...) La gente es ciega y sorda... ha evitado que cuando te vayas a colocar en una empresa no necesites un padrino".
El narrador lo sabe por piel propia: tras 44 años cotizados, tuvo que pelear su pensión contra la desidia burocrática y las políticas de un sistema que, mientras daba prejubilaciones a los "enchufados", le negaba el pan hasta el día exacto de su cumpleaños por un error de un "idiota en Huelva", (Burocracia).
4. La intemperie del tajo: el serón de estiércol y el puente de los mudos
La supuesta "bondad" de los tiempos antiguos se desmorona cuando recordamos la crueldad del tajo. El testimonio nos devuelve a la carretera del Rocío, concretamente al puente de la Venta la Rana. Allí, un niño de apenas ocho o nueve años intentaba levantar a dos burros que resbalaban una y otra vez sobre el alquitrán recién puesto, cargados hasta los topes con serones de estiércol. Mientras el crío se desesperaba, 500 personas pasaban de largo montadas en sus bestias, comiéndose el bocadillo sin mover un dedo. No era solidaridad, era supervivencia animal.
"8 o 9 años tenía yo... una sol persona de las 500 se paró y me ayudó a cargar los serones llenos de estiércol, hasta el otro lado del puente en que ya no resbalaban los burros... nadie más se paró. Te puedo contar cosas de estas... de lo que sale la explicación de los que añoran esos tiempos".
Esa misma dureza se reflejaba en el "manijero", ese capataz que, por el simple gesto de un joven de tirar dos puñados de aceitunas al suelo al terminar la jornada, le condenaba al ostracismo laboral: "mañana no vengas, que hay mucha gente". El sistema no lo sostenían solo los señoritos; lo ejecutaban los "tontos del pueblo", esa "basura" inculta que los caciques usaban como brazo ejecutor de su crueldad.
5. La herencia baldía: cuando el señorío se vendió por no madrugar
La decadencia de la "casta" local es una lección de justicia poética. Familias que poseían 30 o 40 fincas, viñas y tiendas —como los Reales en Almonte— terminaron vendiéndolo todo. No los arruinó la política ni los rojos, los arruinó el desprecio al esfuerzo y la desidia de unos hijos que no querían trabajar.
Hoy, esa misma clase de gente, y los que aspiran a serlo sin tener donde caerse muertos, se alimentan de lo que el cronista llama un "cebadero" informativo. Programas como el de Iker Jiménez —que pasó de buscar extraterrestres para tontos a ser un altavoz del facherío— o El Hormiguero, se han convertido en pesebres donde se agita el miedo y el odio para mantener a la masa entretenida. Es un "bebedero" de mentiras diseñado para que el ciudadano no piense en quién le está robando la cartera.
6. La gran maquinaria: el dinero no se come
Desde una ética de producción real, los contertulios nos recuerdan que el dinero es papel si no hay quien produzca. La verdadera riqueza de un país es su producción real y su solidaridad intergeneracional (Pensiones). El sistema es una máquina donde la pieza más importante es la masa que menos gana, porque es la que más consume y mantiene el engranaje girando. En este esquema, el inmigrante no es el enemigo; es el contribuyente necesario que, mientras los "hijos de papá" se pierden en el vicio o la desidia, sostiene las pensiones de quienes ayer doblaron el lomo.
7. Conclusión: El peligro de olvidar quién te cortaría el pescuezo
La advertencia final es un escalofrío. El protagonista le lanza un aviso a su propio hijo, una bofetada de realidad para las nuevas generaciones que creen que la libertad es irse de cañas: esos "amigos" con los que compartes guisos y dominó en el solar, por herencia ideológica y resentimiento de clase, no dudarían en cortarte el pescuezo si el viento volviera a soplar a favor del odio.
Estamos fallando en la base. La escuela no forma ciudadanos; fabrica "borricos" para la maquinaria, piezas que sepan apretar un tornillo pero que ignoren por completo la realidad del mundo y la historia de su propia sangre. ¿Seremos capaces de despertar antes de que la "basura" y los "tontos del pueblo" vuelvan a ser los que escriban nuestro destino con la sangre de los trabajadores?

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